Es penoso, pero muy penoso, ser testigo presencial, e impotente por demás, de cómo la profusa caterva de políticos populistas y clientelares, que actualmente desgobiernan en la mayoría de los países que conforman a Latinoamérica, han usufructuado el poder del Estado, en que respectivamente accionan, para provecho propio y de los rapaces comilitones que les hacen el coro.
En tal sentido, vemos que si éstos construyen una obra x —se supone que con el propio dinero del pueblo— no es para beneficio de éste, sino de sus insaciables bolsillos; pues, a final de cuentas, acontece que, la obra de marras, además de resultar sobrevaluada, posee vicios de construcción que la tornan en inoperante e inservible. Podemos apreciar también, que si deciden implementar una nueva constitución política, una nueva ley o un nuevo reglamento, configuran tales instrumentos legales como perfectos trajes hechos a la medida de sus espurios intereses; y, en fin, vemos que ninguna de las leyes por ellos implementadas tiende jamás a favorecer al pueblo.
Notamos además que, en las calles que conforman a tal conjunto de países, no hay seguridad de ningún tipo y que tanto los derechos esenciales como las propiedades públicas y privadas son constantemente amenazadas por los libertinos sociales; aquella horda de paster famili que, ocultos tras el natural derecho a sobrevivir, han hecho un credo del nada es de nadie. En tal virtud observamos, con sumo pesar, como la marihuana, la cocaína, el crack, el éxtasis, el bazuco, el paco, el k2 o spice y otros estupefacientes semejantes, juntos a sus mortíferos derivados, parecen poseer patente de corso para expandirse libremente por nuestros barrios, ensanches, caseríos, villorrios y favelas, ante la cómplice indiferencia de las autoridades encargadas de combatirlas.
Todos sabemos que en estos países, muchos congresistas y funcionarios estatales se desplazan, en sus enormes vehículos exonerados por el Estado, por aquellos mismos tugurios, seduciendo a niñas menores —aún con sus uniformes escolares puestos—, a las cuales engatusan, desfloran, embarazan, amenazan y luego abandonan a su suerte, amparándose para esto tras el poderoso escudo de su inmunidad parlamentaria o en su potestad gubernamental.
Vemos —con impotencia, reitero— como nuestros países y sus instituciones se desintegran ante nuestros propios ojos; como el pueblo sufre en carne viva la ineficiencia y hasta la carencia total, las más de las veces, de los servicios básicos o fundamentales. ¿Y sus administradores? ¡Muy bien, gracias! Imagínense ustedes, si los politiqueros que dirigen un Estado x son un caos en sí mismos —esto en cuanto se refiere a la forma en que tutelan sus partidos, movimientos y demás organismos de dirección— que se puede esperar del país al que ellos desgobiernan.
A estos señores, que ni poseen verdadera visión política ni le importa un bledo el futuro de la nación en la cual actúan ni mucho menos de la gente que la integran, sólo le interesa aquello que, a diario, saquean del erario público; pues, ellos, como el granjero del cuento infantil aquel, tan sólo se sentirán preocupados el día en que —a consecuencia de haberle sacado las entrañas a la res-pública, en pos de lograr mayores beneficios pecuniarios— hayan matado ya la gallina de los huevos de oro.
Autor: Rodolfo Cuevas©: 13/10/2009;
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