XVII: LO QUE TRAERÁ LA LLUVIA(o la vida supera a la ficción)
Concha de Solórzano, que tuvo que salir sola a hacer unas compras en el centro de
la ciudad luego que el aguacero huyó con rumbo a Catia, aprovechó la ocasión para
visitar a un hermano suyo que trabajaba como dependiente en una panadería por
los lados de El Silencio, propiedad de un portugués “más pichirre que una locha ‘e
queso”, como Bonifacio (el hermano de ella, alto, fortachón, con la cara marcada
por un viejo y virulento acné juvenil) decía entre risas.
Cuando, entre café y cachitos de jamón, seriamente preocupada le contó la pelea
con su marido, Bonifacio se carcajeó largamente.
—¡No jó, chica! ¿Y eso fue todo?... No hombre, deja el afán. El cuñao Saturnino es
un alma ‘e Dios, vale. Quédate quieta.
—...Pero es que salió muy bravo; hasta un portazo dió, y él nunca había hecho eso,
Bonifacio.
—Ah pues, Concha, ¿vas a seguí? Te digo que no es nada. Ese debe estar por ahí
tomándose una cerveza, quédate quieta te dije.
—¿Tú crees, chico? —dudó.
Pensó en el brillo colérico que por primera vez en tantos años de discusiones y
peleas le viera al marido en los ojos cuando salió, tirando la puerta, también por vez
inédita.
Bonifacio, encendiendo un tabaco barato con el mechero que sacó de uno de los
bolsillos de la bata que alguna vez fuera blanca, sonrió, superior:
—Umjú, Concha, no seas pendeja, mija. Arrúgale la cara cuando regrese, para que
respete, y no le des de aquello en quince días.
—¡Qué es, Bonifacio, chico, tú sí que eres, respeta! —se escandalizó la hermana.
—¡Ah pues, no seas gafa y hazme caso! —rió, y le entregó unas bolsas de papel
de estraza—: Toma, mete ahí dos panes andinos de aquellos grandes de allá,
cortesía del coño de madre del portugués.
♫♫♫
Hacia Las Adjuntas y Los Teques la lluvia seguía cayendo fina, menuda, con su
áspera cantilena. Arriba, la luna recién nacida alumbró con fulgor plateado el
pedregoso sendero por donde una mujer solitaria y huérfana de afecto y
comprensión buscaba refugio contra la inclemencia de la naturaleza y contra
su profundo desamparo.
De pronto, entre las penumbras, distinguió una enorme silueta y una
luminiscencia, como si una luciérnaga la llamara.
—Ahí hay un árbol grande —musitó, emparamada y febril.
Bajo la frondosa y gigantesca ceiba, el hombre de la radio había terminado de
dar rienda suelta a su amargura terminando el brandy y fumando cigarrillo tras
cigarrillo.
(La lluvia, el anochecer, la helada brisa, pero sobretodo la incomprensión y el
desgano de sus respectivas parejas juntarán muy pronto a estos dos seres
solitarios bajo el refugio de un árbol en un camino desolado, como diría
Saturnino ante el micrófono si estuviera narrando estos hechos.)
Solórzano Salas dio otra bocanada al cigarro cuyo fulgor Ana Sofía confundió
con un cocuyo y apuró completo el resto del frasco de brandy.
Cuando arrojó el envase hacia el monte creyó distinguir una sombra moviéndose
entre los oscuros matorrales.
Cuando ésta estuvo más cerca:
“Pero si... ¡sí, vale! ¡Es una mujer! ¡Pobrecita; debe estar muerta de frío!”, se conmovió.
Alzó el tono, gentil:
—¡Oiga... venga,… por aquí...!
La sombra llegó corriendo, desvalida, indefensa...
—Buenas noches, señor...
—Venga, venga, póngase aquí, mire... En esta parte no se filtra la lluvia.
—Muchas gracias, señor, muy amable.
La luz de la luna apenas lograba a traspasar la espesa cortina líquida.
Solamente se adivinaban las facciones el uno al otro, pero las voces parecían
jóvenes aún, pensaron ambos.
Él alcanzó a percibir el castañetear de sus dientes y el temblor de su cuerpo.
—¡Huy, señorita, pero sí está usted temblando! ¡Y empapada!
—Sí, sí, claro —sonrió, entristecida.
En la oscuridad él percibió la albura de la dentadura.
—Es que llevo rato caminando.
—Espere, le voy a dar mi chaqueta para que se abrigue un poquito. Está seca
y es de cuero.
—No se moleste, señor, muchas gracias, así estoy bien.
—Pero si no es molestia —insistió, quitándose la prenda y dándosela—. Póngasela,
haga el favor.
—Muy amable —agradeció Ana Sofía.
Trató de adivinarle la fisonomía en la oscuridad. Saturnino sonrió.
—Se accidentó su automóvil, me imagino.
—¿Cómo? —se sorprendió ella.
De momento había olvidado la pavorosa circunstancia que la había llevado hasta allí.
—Sí, sí... Me... accidenté y bajé y empecé a caminar buscando ayuda, pero comenzó
a llover —logró balbucir, roja la faz por la mentira inocente (pero mentira al fin).
—Claro, con esos truenos, no era para menos —justificó él, y como éstos no
habían cesado y engendraban más relámpagos, pudo vislumbrar fugazmente la
radiante belleza de la dama.
“¡Virgen del Valle —pensó—, qué hermosa se ve a la luz de la luna, y qué triste!”
—Yo tengo mi carro ahí cerca, ¿oyó? —acotó, para tranquilizarla.
Ella notó (y le gustó) su voz de roble, profunda, noble.
—Cuando escampe, que yo creo que será pronto a pesar de esos truenos, porque
fíjese que ya no llueve tan fuerte, iremos a ver qué tiene el suyo, ¿le parece?
—Muchas gracias, muy agradecida —musitó, estudiándolo también entre destello y
destello.
“Es atractivo. Y sobretodo gentil. ¡Tan distinto del patán de Poblete!”
—¿Le apetece un cigarrillo?
—No, gracias, señor. No fumo.
La lluvia y los relámpagos y los truenos (como había dicho el desconocido) iban
aplacando su furia.
El locutor sonrió, simpático y galán:
—No sabe cuánto lamento no tener un poco de brandy para ofrecerle, pero me
terminé una carterita que compré más temprano.
Ella se turbó:
—No importa, señor. Tampoco bebo.
—¡Ah caramba, pero no me mire así! —ensanchó la sonrisa afable—. No crea que
soy uno de esos borrachitos de puente, no, sino que...
Ella notó un dejo de amargura en el timbre varonil y oscuro.
—…A veces uno tiene que... ¡Cóntrale, pero si está temblando otra vez usted!
Reprimiendo el escozor que sentía en los párpados, titiritando y a punto
de derrumbarse su entereza, asintió:
—Sí... estoy... muy mojada, pero su chaqueta me está dando calor, no se preocupe.
Le agradezco muchísimo su ayuda, ¿sabe, señor?
—¿Cuál ayuda, señorita? ¿Una piche chamarra?
El chubasco, aventado por la brisa, se escapó tan repentinamente como apareciera
y les dejó únicamente por compañía la luna y el agudo cri cri de los grillos.
Saturnino sintió una oleada de ternura mezclada con una convulsión en el pecho
cuando vislumbró las formas de la mujer (prominentes, casi exultantes), que la
seda mojada parecía ceñir y resaltar, como incubando un grito de auxilio, una
desesperada llamada pasional.
¿Cómo podría imaginar el narrador y productor de exitosas radionovelas que esta
sensual mujer que apareció entre los gemidos de la lluvia y los rigores del
anochecer era aquella misma hija para quien su ex patrona Débora Jaimes alguna
vez le pidió un consejo matrimonial?
Ella tiritaba violentamente, temblorosos los labios, castañeteantes los dientes.
(Se miraron, ansiosos, acobardados. ¿Cómo culparlos si ocurriese lo que, de
mediar otras circunstancias, quizá ninguno de los dos osaría pensar?)
Callaron largo rato.
Encendió él otro cigarro. Ella miró el tronco del árbol buscando algo donde recostar
su fatiga.
De golpe, entre las penumbras, las miradas chocaron, como si los ojos fuesen
manos de ciegos buscándose.
Él dejó caer el cigarrillo (que murió instantáneamente en un charco) y abrió los
brazos. Ana Sofía se zambulló en ellos como si el suelo cediera.
Intentó hablar, entender, explicar...
—Yo... Tengo frío... No te conozco, pero...
Emborrachado de pasión y alcohol, enamorado del amor por primera vez, miró los
labios carnosos que le embrujaban, y murmuró, cursi y protector, como todos los
enamorados que en el mundo han sido:
—Calla... calla... Yo te salvaré del frío. Te ampararé de la noche y te protegeré
del viento y de las impurezas humanas.
Ana Sofía cerró los ojos y entreabrió la boca para que él se saciara, y para que
le regalara esta ternura nueva que ella no conocía, y sintió entonces que flotaba
encima de la copa de la ceiba. Una melodía de violines que su angustia inventaba,
embriagadora, le aturdía. Susurró, ingrávida:
“Esto no es real... Es un sueño... Un cuento maravilloso pero ilusorio...”
Él la levantó en vilo y se la comió a besos:
—¿Dónde estabas, mujer de niebla...? Te he buscado siempre, siempre... desde
mi primera lluvia de hombre...
Ciertamente. No mentía el hombre de la Radio.
Como todos, había buscado su alma gemela, su ideal de mujer desde que obtuvo
su graduación de adulto; al no encontrarla, igual también que casi todos, se
conformó con algo parecido y se casó con Concha.
Pero había sido suficiente una mirada, un gemido, un beso tibio de Ana Sofía para
que comprendiera rotunda y absolutamente que ésta desconocida aparecida de la
nada era ella, la que siempre esperó, su compañera ideal, su otra mitad, su apología
de estar vivo.
Y a la siempre inconforme muchacha le ocurrió otro tanto; este hombre maduro y
gentil y atractivo que espontáneamente le ofreció su chaqueta y el calor de su mirada
y el refugio sin condiciones de su abrazo, era el caballero que toda mujer esperaba,
el tan mentado Príncipe Azul con que toda adolescente soñaba, el Amor que ella
toda la vida presintió y nunca había experimentado.
Y lloró de felicidad por primera vez en la emoción del inefable hallazgo, y se
encontró dichosa de padecer un dolor y un mal tan gratificante, tan apacible y
dulce (como decía aquel poema de Andrés Eloy que tanto le gustaba), y se lo
confesó entre los respiros que él le permitía beso a beso:
—Yo te... yo te he esperado siempre, siempre… Desde que bailé mi primer vals…
Un sollozo inevitable pero sublime para su alma le sacudió las entrañas, y lloró
mansamente al advertir que tal vez el Amor, el Verdadero, ya no pudiera ser en su vida.
—Si hubieses aparecido, si te hubiera conocido antes de... Pero ahora es tarde... Estoy
casada...
—Schiiiissst —hizo la nueva dulzura de él—... Calla... El antes no existe... Nada existe…
Sólo la luna, la noche, la lluvia que te trajo y se fue, este árbol protector, y nosotros...
Nosotros... Sólo nosotros...
—¡Sí, sí, sí...! Es verdad —gimió ella, compartiendo el sortilegio que él fabricaba—. Sólo
nosotros... Nosotros únicamente... Únicamente...
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